Menopausia y Adolescencia. ¿Por Qué el Cambio Empieza en Ti?
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La menopausia y la adolescencia son dos terremotos hormonales. Y muchas veces tiemblan bajo el mismo techo.
Tu hijo adolescente te acaba de contestar mal, y tú vas subiendo las escaleras con ganas de cruzarle la cara.
Vienes de ocho horas fuera. Tienes la lavadora a medias, un sofoco que no te deja ni pensar, y encima esto.
Llegas a su puerta. Él la empuja desde dentro para que no entres. Tú empujas desde fuera.
Y en mitad del grito, te escuchas.
Te escuchas soltar exactamente la frase que odiabas de tu madre. Su mismo tono. Su misma cara.
Y por un segundo paras:
«¿En qué momento me he convertido en ella?»
Desirée Porcel, psicóloga especializada en familia e infancia, lleva 25 años viendo ese momento en consulta. Las heridas que arrastramos no se quedan quietas: se actúan. Criamos desde nuestra propia historia, no desde el presente de nuestro hijo. Y aunque incomode entenderlo, también libera.
En la menopausia esto se dispara. Porque justo cuando tú estás en plena revolución hormonal, tu hijo está en la suya. Dos personas buscándose a sí mismas en la misma casa. Y una de las dos (o sea, tú), es el espejo donde el otro aprende a gestionar lo que siente.
¿Por Qué Chocan Tanto la Menopausia y la Adolescencia?
Porque solemos mirar en la dirección equivocada.
Cuando algo va mal, señalamos al niño. Lo colocamos como el problema, cuando muchas veces es solo el síntoma. Lo que está debajo es el sistema familiar entero. Y en el centro de ese sistema, casi siempre, estás tú.
En la menopausia todo se junta a la vez: el cuerpo que cambió las reglas, el trabajo, los sofocos, el cansancio de años cuidando a todos menos a ti… y un adolescente que da portazos. No son cosas sueltas. Es un efecto dominó.
Que quede claro: la menopausia no es una enfermedad. Es una etapa. Pero es una etapa en la que, si no paras a mirarte, reaccionas en lugar de responder. Y tus hijos aprenden de esa reacción.
Vamos a verlo.
1. La Culpa Te Paraliza. La Responsabilidad Te Mueve.
Hay una diferencia enorme entre dos palabras que usamos como si fueran la misma.
No es culpa tuya. Pero sí es tu responsabilidad cuidarte.
Parecen lo mismo y no lo son. La culpa te deja clavada en el suelo, dándole vueltas al mismo bucle:
«Soy una mala madre.» «Lo hago todo mal.» «No he sabido.»
¿Cuántas veces te has sacado tú misma el látigo así?
Ese bucle no arregla nada, solo te bloquea. La responsabilidad, en cambio, moviliza. Si eres parte del problema, también eres parte de la solución. Y no lo digo para que te machaques, sino para que empieces a hacer algo desde hoy.
Empieza cambiando la palabra «culpa» por «responsabilidad».
Para el cuidado de tu hijo adolescente y para tu propio cuidado.
2. En la Menopausia, Tus Hijos No Aprenden de lo Que Dices, Sino de lo Que Ven
Puedes dar el discurso perfecto. No sirve de nada si haces lo contrario.
Los chavales aprenden por modelaje, de lo que ven, no de lo que les dices. Es el clásico del padre que fuma mientras le suelta a su hijo que no fume. O el «deja el móvil en la mesa» dicho con el móvil en la mano, que esto me ha pasado a mí, jajaja.
Esa incoherencia les llega antes que cualquier sermón, y les genera un apego ansioso tremendo, porque no saben cómo relacionarse contigo.
Con las emociones pasa igual. Si cada vez que estás triste te escondes para que tu hija no te vea, le enseñas que la tristeza se oculta. Pero tu hija necesita verte triste. Y necesita ver cómo lo gestionas: que te permites llorar, que paras, que miras hacia adentro… y que luego te secas la lágrima y tiras para adelante.
Imitación. Esa es la manera que tu hijo tiene para conocer cómo vivir su propia vida. A través de lo que te ve hacer con la tuya.
3. Poner Límites en la Menopausia Es Protegerlos (y Protegerte a Ti)
Aquí Desirée da con la imagen que mejor lo explica.
Un límite es como la barandilla de un puente. No está para molestar. Está para que no te caigas.
Nos han vendido que poner límites es lo contrario de querer. Y es justo al revés. El límite protege, da seguridad, le dice al chaval por dónde puede ir y por dónde no.
El problema llega cuando estás tan agotada que evitas el conflicto para no entrar en guerra. Cuando cedes por cansancio, crees que le estás diciendo «te quiero mucho». Lo que el adolescente recibe es otra cosa muy distinta: «no puedo sostenerte, gestiónate tú como puedas».
Y ojo, que esto también va por ti. Si tú no sabes poner un límite y decir «hoy estoy cansada, hoy la cena la hace otro», tu hijo tampoco aprenderá a ponerlo. Ni contigo, ni el día de mañana con su pareja.
Que un hijo te vea cansada y te oiga decirlo en alto no le hace ningún daño, le enseña a respetar, y le enseña a cuidarse.
4. En la Menopausia, Cuidarte Es lo Que Sostiene a Toda Tu Familia
Esta es la que más cuesta tragar.
Nos han educado en que parar o mirar por una misma es de egoístas. Que primero los hijos, después el marido, y una al final del todo, si queda hueco. Así que seguimos en la rueda de hámster, agotadas, convencidas de que la mejor madre es la que más se sacrifica.
Pero una madre desgastada no educa bien. Es imposible. Si llegas al desborde después de ocho horas de trabajo y la casa entera encima, lo que sale no es una respuesta emocionalmente sana es un grito producto de la profunda desconexión.
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La conversación con Desirée fue mucho más honda de lo que cabe aquí. Hablamos de por qué las heridas se reproducen (cómo alguien a quien pegaron de pequeño puede acabar pegando a su propio hijo sin quererlo), de la trampa de los padres que se mudan de país por dar «lo mejor» a sus hijos y acaban regalándoles un desarraigo brutal, y de esa leona que caza, protege y sostiene mientras el león mira desde lo alto de la roca.
Aquí Tienes Dónde Encontrar a Desirée
Desirée Porcel es psicóloga especializada en intervención con familias e infancia, licenciada por la Universidad Complutense de Madrid, con formación como psicoterapeuta psicoanalítica y psicodramatista. Lleva 25 años en consulta y ha dirigido centros de atención a la infancia y coordinado servicios sociales.
Si estás con un adolescente que te tiene desesperada, o quieres empezar a trabajar en ti, la puedes encontrar aquí:
Dejo Esto Aquí para Que lo Pienses:
Te dejo con el ejercicio más pequeño y más difícil que me dio Desirée.
Un minuto.
La próxima vez que llegues a casa con ganas de pelear con tu hijo, no entres directa.
Vete un minuto al baño, a la terraza, a la cocina.
Y pregúntate cuánto de este cabreo es de él, y cuánto es de tu propia historia.
Un minuto no cambia a tu hijo.
Te cambia a ti.
Y cuando la menopausia y la adolescencia tiemblan a la vez bajo el mismo techo, cambiar tú lo cambia todo.
Esta frase de Desirée lo resume todo.
Tus hijos no necesitan una madre perfecta. Necesitan una madre consciente y presente.
Espero que te haya gustado y, si conoces a alguien que necesita escuchar esto, compártelo.
1- ¿Es normal estar más irritable con mis hijos en la menopausia?
Sí, es muy frecuente. Los cambios hormonales influyen, pero Desirée matiza que esa irritabilidad no siempre es pura biología: muchas veces es el cansancio acumulado de años cuidando a todos menos a ti. Lo importante no es sentirla, sino pararte antes de descargarla en tu hijo.
2- ¿Por qué coinciden la menopausia y la adolescencia de mis hijos?
Porque es pura estadística vital: cuando una mujer llega a la menopausia, sus hijos suelen estar entrando en la adolescencia. Dos etapas de revolución hormonal y de búsqueda de identidad conviviendo en la misma casa. Por eso chocan tanto, y por eso, como explica Desirée, tu manera de gestionarte marca la de ellos.
3- ¿Cuidarme en la menopausia es egoísta si tengo hijos?
No. Desirée insiste en que cuidarte no es lo contrario de querer a tu familia: es lo que te permite sostenerla. Una madre agotada reacciona; una madre cuidada responde. Y cuidarte no significa irte de compras, significa pararte a mirar hacia adentro cinco minutos al día.
4- ¿Cómo pongo límites a un hijo adolescente sin sentirme culpable?
Recordando para qué sirve el límite. Desirée lo compara con la barandilla de un puente: no está para fastidiar, está para proteger. Poner un límite con cariño le da seguridad a tu hijo. No ponerlo por evitar el conflicto le enseña que nadie puede sostenerle.
5- Siento que ya he fallado como madre. ¿Estoy a tiempo de cambiar?
Sí, y este es el mensaje que más repite Desirée: nunca es tarde. El cambio no empieza por una gran charla ni por hacerlo todo perfecto de golpe. Empieza por dejar de machacarte con la culpa, cambiarla por responsabilidad, y dar pasitos pequeños. Si no llegaste a hacerlo con tus hijos, lo harás con tus nietos.
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